La última vez que salí con un grupo de amigos, fuimos a una disco, gastamos un montón de dinero y regresamos a casa algo "macerados" para dormir y despertar muy tarde la mañana siguiente. La siguiente vez intenté una manera más sana y "saludable" de relajarme y pasarla bien, y fui al cine con una amiga, quedándonos ahí unas dos horas y media, comiendo palomitas y sorbiendo gaseosa de un vaso gigante de material reciclable. Pero no fue hasta la última vez que fui a casa de mi abuela y me encontré con algunos de mis primos que realmente me divertí.
Lo que hicimos fue jugar un viejo juego de mesa —cuyo nombre no mencionaré para no dar a sus creadores propaganda innecesariamente. Recordé los viejos días en los que era un niño y jugaba juegos de mesa con mi familia toda una tarde de domingo y la pasábamos bien. Recordé también cómo a veces tiendes a sacar por gusto "tu coraje y poder de convencimiento" sólo para intentar evitar caer en el hoyo en el que los traviesos dados —¡sí, dados!— te acababan de lanzar. Luego de eso, en casa, me conecté al servicio de mensajería instantánea de la computadora y comencé a chatear con unos amigos... sólo para darme cuenta que no era igual.